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Imagen: An Pistelli

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Toque de queda

Poesía. Ediciones En danza

Por la poeta Sonia Scarabelli:

“Quién sabe el amor / donde se encuentra cuando / no se lo encuentra”, dicen unos versos del poema “Cena en Le Colibrí”. Y la pregunta resuena enseguida como devuelta al comienzo del libro, donde el amor se filtra entre Caín y Abel “cansado de empezar / una y otra vez // como la guerra”. Ya está allí su contracara, siguiéndolo de cerca. La muerte, sí, más que el odio, que no pasa de ser un espejismo siniestro, “deformidad de la forma / amorosa”, una máscara brutal que la adversaria se calza sobre el rostro para fingir sentido.

En Toque de queda, este libro de Lidia Fernández Budelli, que solo pudo nacer después de más de veinte años de empezar a escribirse, en Rwanda, en los tiempos siguientes al genocidio de 1994, la muerte va más lejos que el odio, porque borra su hermandad con la vida de un modo radical, mutila el ciclo, quiere ser solo ella. Se vuelve máquina de matar, mensaje radiofónico, cosa de todos los días, que en tres meses se lleva de a pedazos un millón de almas. Y sigue y sigue. Rompe los lazos como quiebra los huesos o perfora la carne, y borra hasta tal punto la esperanza que el odio no se vuelve más que un raspón irreal sobre su real sin nombre. El odio le hace de lenguaje hueco al sinsentido de que ya ni sé por qué te mato. Ese horror verdadero, que circula como envuelto en una niebla, es otra cosa; algo que no admite palabras, impenetrable igual que el silencio blanco que acompaña cada toque de queda, excepto por esos lamentos audibles aunque suaves que nunca logran “acoplarse en coro”; voces solas “entre la noche que eriza la piel, / una noche igual de estrellada y brillante / a aquella en que comenzó el horror”.

Claro que la barbarie no es solo la del machete, la de los himnos guerreros, sino también, y no menos cruenta, la de esa conspiración perpetuada hasta volverse neutra, que cunde en los despachos como en las cocinas de las casas, otra forma implacable de violencia que intercambia “·armas por petróleo o diamantes” mientras se “cuentan las sillas de ruedas / que [se] donarán luego a los mutilados”. Violencia que se afianza en el gesto ausente de ese otro mundo “perdido en un malestar de abundancia y demorado en su giro”.

Pero entonces, ¿cómo es posible que tantos poemas suenen en este libro irrenunciablemente blandos, claros, luminosos incluso? Porque en cambio de darle cabida al espanto, lo desnudan en su extrañeza infinita, tan ajena. Rechazan dejarlo hacerse natural, y eligen, en cambio, hablar de esos gestos precarios, diminutas salvaciones por la dulzura y la presencia, aun con confusión y temblor: “Aturdida, parada sobre el humus / miro este país incierto que hoy es / mi cama, mi comida mi trabajo, / y me pregunto ¿cómo el cuerpo se acostumbra a sacudidas de espanto?”. No hay cuerpo capaz de sostener la lengua del espanto (allí solo resta el alarido eterno del epígrafe de Lispector), y por eso Lidia elige, creo yo, la senda del poema; para oponer, a la sombra mortífera de ese pequeño país donde la palabra “camino” ya no puede decirse “sin nombrar / el ordenamiento prolijo / de cadáveres a lo largo”, la persistencia “del arrozal con sus mujeres de paños coloridos […] cuna de arroz donde pacientes vuelven a contar los granos”, “Persistentes hombres y mujeres / como estas colinas verdes”. Allí, en el poema, es pues, donde se arma “el íntimo suelo / ese solar amoroso / en que se cultiva soledad / y se profesa amparo”.

Si no, ¿cómo escribir “Un camino de mangos y mamones”?:

Este país fue siempre verde

y ahora más, abonado

por los niños.

Ellos lo saben,

crecen inocentes, sabios;

plantan mandioca, coles y tomates.

Chas, chas, chas,

el machete segará el alimento

para los hermanos y algún día,

¿segará la vida de los hermanos?

Chas, chas, chas.

Mientras tanto, río y juego

con los niños, luminosos,

oscuros, palpitantes,

y cantamos canciones de amor

a un costado del camino.

 

O “Tarde de domingo”, donde brilla “ese punto luminoso del encuentro / con los pies descalzos /

sobre la tierra compartida.”

¿Cómo serían posibles poemas como estos, y muchos otros, sin colocar nuevamente en el centro desolado la pregunta temblorosa que inicia descalza su eterna búsqueda?: ¿dónde se encuentra el amor cuando no se lo encuentra? Allí los versos van como sueltos, como ligeros, me digo entonces, porque son cintitas, hilitos que destellan, para sostenernos, como mejor se pueda, fieles a la promesa de lo humano, que tanto se hace esperar.

"una pantera un pelicano un pez"

Poesía. 2017 Ediciones El Dock

Estrellas

El farol enciende el fondo del mar e ilumina

metro y medio de cardumen deslumbrado.

Remolino de cintas plateadas en el balde.

Comemos pescado frito con las manos

en la arena oscura y fresca

y eso,

cruel, fatal

es tan alegre como comer estrellas.

 

Dice Diana Bellessi:

Este pequeño poema perfecto nos dice de los versos de Fernández Budelli más que las líneas de una contratapa o de un prólogo entero. La poesía habla por sí misma y no necesita de nada más. Cuando la autora mira el mundo y se mira moverse en él, cuando observa sus actos, ve lo banal y  precioso, y eso me hace bendecirla, bendecir sus gestos nunca grandilocuentes como un “atareo de hormiga, de abeja en el panal”. La estructura completa del poema  , por ejemplo, que tarda, porque hay “una física atada al tiempo/ y lazos que desafían y vencen (…) toda mi urgencia de té”, es una estructura limpia como una daga que se saca del cuerpo del mundo. Y qué decir de Huesos, donde todos los elementos son tan realistas que, yo no sé, para hacer el menos realista de los poemas. Saludo a esta poeta extraña como a un diamante que me ha llegado al final de la vida. ¡Salud!

 

                                                                                                     Diana Bellessi           

 

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La fiesta en el puño

La fiesta en el puño

Sonata a dos instrumentos. 2016. Ed Zoe

Estos versos van en busca de la música y el júbilo del amor, aunque duelen más allá de él, adheridos a la piel de un tiempo acechado. Quizá por eso tardaron tanto en llegar aquí.
Fueron compuestos por dos entes: una que creo haber sido yo y la sombra de un hombre que durante muchas jornadas anduvo junto a la mía.
No puedo descartar la posibilidad de que lo musiqueado por mí, sea producto de alguien que cree haber sido él, o de mi sombra, tan incierta como la suya.
Sin embargo, me consta haber amado, esperado, escrito, olvidado, y hoy puedo producir este libro, evidencia de alguna materialidad.
Que sea entonces tan real y tan equivoco como su origen.
Lidia Fernández

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Río de Lelas

Río de Lelas

Novela. 2009. Ed. Zoe

Este texto es un conjunto de fragmentos de memorias a las que he intentado ser fiel. Unirlas en un mismo y limitado espacio me ha exigido hacer uso de la ficción. Sus personajes principales, Anabé y Olivia, hacen equilibrio entre un pasado tan real y tan equívoco como puede ser el de la memoria, y un presente inventado que aun así tiene mucho de verdad.

Hay segmentos obtenidos de personas que ya no están y otros de quienes siguen aquí. El mérito de las historias es de ellos, el error o incapacidad de un mejor entrelazamiento se debe atribuir a mis limitaciones. Quizá el resultado final, a pesar de los contrastes y los huecos, sea una manta, un tapiz, un todo poroso que abrigue la posibilidad de insertar futuras memorias.

La imagen de la costura que aparece en varias ocasiones no debe verse como un recurso literario. Es un tributo a esas cinco mujeres que transitaron su tiempo entre agujas, telas, máquinas de coser y tijeras, como tantas otras de su época.

Hasta aquí he llegado,  era imperioso que este trabajo se acabara y concretara. Si puede leerse como se leería una novela, mejor para el entretenimiento de quienes lo hagan. Si no resulta posible, quede entonces como una irregular pintura, un recorte de la vida de algunos habitantes del Río de la Plata en los siglos XIX y XX.

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Verde Rwanda Roja Herida

Verde Rwanda Roja Herida

Relatos. 2004. Ed. Zoe

"...Hegel escribe que la poesía enseñorea todas las demás artes. Lidia Fernández cumple aquí el pensamiento hegeliano. Con fino estilo, con formas cuidadas nos acerca este "Verde Rwanda-Roja Herida". 
Publicó con anterioridad dos exquisitos libros de poemas: "Crepitaciones" (Ed.Vicinguerra) y "Abasto Blues" (Ed. Zoe). En esta incursión en la prosa, nos atrapa desde las primeras páginas, nos lleva de la mano a través delmisterio de Afirca, nos emocionay nos obliga a meditar sobre los sufrimientos de un pueblo que se
 ha cerrado para el "musungu", blanco vagabundo, pero que abre su corazón a quien considera un igual. Lidia Uwaytu, nombre clánico adquirido con orgullo, o Lidia Umuchiachuru, apelativo portado con satisfacción, nos brinda un libro imperdible, una aventurea humana que, cumpliendo con lo que debería ser cada texto, nos devuelve al mundo cotidiano, mejores"

J. D. Míguez

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Abasto Blues

Abasto Blues

Poesía. Año 1997. Ed Zoe

Lidia Fernández nació en Buenos Aires un 24 de diciembre y vive actualmente en el Abasto, lugar indispensable para quien desea agitar los fantasmas precisos de la palabra. Si la poesía es el modo más antiguo de la memoria, también es el mas tiránico. Pretende manifestarse sólo cuando es la única manera posible de decir algo. La poesía de Lidia cumple con generosidad esta exigencia.
Entre "Crepitaciones" (Ed.Vinciguerra, 1991) y este "Abasto Blues", han transcurrido seis años.

La espera no ha sido en vano. En su palabra hecha de murmullos, de voces quedas, habitan los seres solitarios, los ritos de tristeza y una sombra aliviadora que esparce ramalazos de ternura y obliga al lector a la emocionada reflexión.

"En esta ciudad algunos seres solitarios sueñan ser amados..."
Tal vez, su poesía sea la recompensa esperada para la ardua tarea de la realidad"

Comentario: D.J.Miguez

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Crepitaciones

Crepitaciones

Poesía. Año 1991, Ed. Vinciguerra

Lidia Fernández intenta un calar profundo de piel a sangre, como si la contradicción fuera la fuerza de su misma identidad, de su máscara más querida, pero cortada abruptamente como un perfil de llanto, como los golpes del Cholo Vallejo (no en vano el título de este libro es Crepitaciones). 

Ella enumera y viaja por un desfiladero que se estrecha en una sola palabra: "Inventar la lágrima no el dolor" y más aún cuando repite "Que es abstracta como una ecuación". Este temperamento, que reitera la cita liminar, es su temperatura que la signa en la mayor parte del libro, aunque el relato a veces se alargue en confidencias, en la autenticidad de lo personal, en diálogo de ella con el lenguaje, ese mural que nos mira de frente, y de lo más escondido del poema (alguien dijo que el poema
se hace con palabras ¡y que palabras! ) pero siempre escrutando el infinito.

La autora así recupera los objetos más íntimos, más cotidianos, más remotamente simples, situados más allá de los usos y las costumbres, relacionándolos a la vez con esos usos y costumbres. Es decir le da lo mítico de lo sencillo pero avanzando hacia la profundidad de un nuevo delirio. Posee un orden caótico en su decir: "Por racionales esqueletos de palabras" pero un orden caótico-creativo, que tiene su razón de ser: "tal vez la ceguera me eligió de testigo", para mas allá, razonar poéticamente: "El pan de los hornos me daré de comer en la boca".

A veces empuña el poema como un arma sagrada, desnudando su tiempo, que es el tiempo de su libro, con reiteraciones y sintaxis que vuelven para atrás y remarcan sus propias "Crepitaciones". Así acota en forma definitiva algo que suena a metáfora, porque todos llegamos a un final: "Es al amanecer la hora de las ejecuciones".

 Atilio Catelpoggi

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